Coaching deportivo: cuando el verdadero rival está dentro de ti
Faltaban diez minutos para la prueba de los 400 metros lisos. El atleta estaba preparado. Había entrenado durante meses. Su cuerpo conocía perfectamente lo que tenía que hacer.
Y, sin embargo, algo no estaba en su sitio.
—¿Cómo estás? —preguntó el coach.
—Nervioso.
—¿Y qué significa para ti estar nervioso?
El atleta guardó silencio. Durante mucho tiempo había pensado que los nervios eran el enemigo. Que antes de competir debía conseguir estar tranquilo, relajado, sin dudas.
Pero quizá no se trataba de eliminar aquello que sentía. Quizá se trataba de aprender a utilizarlo.
Porque todo atleta se enfrenta, al menos, a dos rivales. Uno está a tu lado. El otro está dentro de ti. Y algunas veces, el segundo puede ser mucho más difícil de vencer.
—¿Cuál es tu objetivo? —le preguntó el coach.
—Ganar.
—¿Y qué significa para ti ganar?
Otra pausa.
—Ser capaz de demostrar que puedo hacerlo.
Ahí apareció algo diferente. Porque quizá el objetivo visible era una medalla, un tiempo, una clasificación o superar a un rival. Pero debajo de ese objetivo había otro mucho más profundo: demostrarse a sí mismo de qué era capaz.
Un buen objetivo puede dar dirección. Pero también puede convertirse en una carga cuando todo depende de conseguir un resultado que no está completamente bajo nuestro control.
Por eso el coach puede ayudarle a separar tres cosas que a menudo se confunden: el resultado que desea conseguir, el nivel de rendimiento con el que quiere competir y las acciones que puede realizar para llegar hasta allí.
El resultado responde a la pregunta: ¿qué quiero conseguir? Ganar la carrera, conseguir una medalla, superar una marca.
El rendimiento responde a otra: ¿cómo quiero competir? Mantener mi ritmo, ejecutar bien la salida, tomar buenas decisiones, mantener la concentración y responder ante las dificultades.
Y el proceso va un paso más allá: ¿qué necesito hacer para conseguir ese rendimiento? Preparar la estrategia, entrenar determinados aspectos, controlar la respiración, establecer dónde poner la atención o decidir cómo reaccionar ante un error.
No es lo mismo decir «Tengo que ganar» que decir «Quiero competir logrando el nivel que sé que puedo alcanzar».
La primera frase pone el foco en aquello que puede suceder. La segunda lo devuelve a aquello que puede hacer.
Y cuando el atleta vuelve a aquello que depende de él, recupera una parte de su poder. Porque no siempre puede controlar el resultado, pero sí puede trabajar sobre su rendimiento y, sobre todo, sobre el proceso que lo construye.
No se trata de reducir su ambición. Se trata de convertirla en acción.
Todos tenemos un nivel que conocemos. El atleta sabe lo que consigue entrenando. Conoce sus marcas, sus tiempos, sus movimientos. Sabe hasta dónde ha llegado.
Pero existe otra pregunta mucho más incómoda: ¿Qué nivel eres capaz de expresar cuando estás bajo presión?
Porque puede existir una distancia entre el rendimiento habitual y el rendimiento competitivo.
—Cuando entrenas, ¿cómo te sientes?
—Seguro.
—¿Y antes de competir?
—Empiezo a pensar y decirme cosas a mí mismo.
—¿Qué te dices?
—Que no puedo fallar.
—¿Y qué ocurre cuando te dices eso?
—Intento controlarlo todo.
—¿Y puedes controlarlo todo?
—No.
—Entonces, ¿qué sí podrías controlar?
El atleta empieza a enumerar:
— Mi preparación. Mi respiración. Mi atención. Mi actitud. Mi ejecución. La manera de responder después de un error.
El coach no le ha dado ninguna respuesta. Le ha ayudado a descubrir dónde estaba su margen de acción.
Ese es el trabajo del coach: acompañar al atleta para que encuentre recursos que quizá ya estaban ahí, pero que la presión, el miedo o la exigencia habían ocultado.
—Entonces, ¿qué debería hacer para quitarme estos nervios? —preguntó el atleta.
—¿Quién te ha dicho que tengas que quitártelos?
El atleta sonrió.
A veces confundimos estar preparados con estar tranquilos. Quizá el atleta no necesita llegar a la prueba súperactivado. Quizá necesita descubrir cuál es el estado que le permite competir mejor.
Demasiado relajado puede significar poca energía. Demasiado activado puede significar precipitación. Entre ambos extremos puede existir un punto en el que cuerpo, mente y atención trabajan juntos.
—Cuando has hecho tus mejores carreras, ¿cómo estabas?
—Muy concentrado. Con energía. No pensaba demasiado. Sentía que todo iba sucediendo.
—¿Qué necesitas hacer para acercarte a ese estado?
Ahora la respuesta ya no viene del coach. Viene del atleta. Y eso es coaching.
Faltaban cinco minutos para la carrera .
—¿Y si algo sale mal? —preguntó el coach.
—Intentaré que no ocurra.
—No te he preguntado eso.
Silencio.
—¿Qué harás si ocurre?
El atleta respiró profundamente.
—Volveré a lo que puedo controlar.
—¿Y qué es eso?
—Mi siguiente acción.
Ahí estaba la clave. Porque ningún atleta puede controlar completamente el resultado. No puede controlar al rival, las condiciones climatológicas, el público, un error inesperado o aquello que sucederá al cabo de unos minutos. Pero puede aprender a controlar su respuesta.
Quizá por eso el rival más importante no siempre sea el que está a tu lado en la pista, en el circuito de motos o en la carretera, ni el que está enfrente tuyo en el campo de futbol o la pista de tenis. A veces está dentro de ti.
Es esa voz que dice «no puedes». Es el miedo a fallar. Es la necesidad de demostrar. Es la obsesión por controlar. Es la duda que aparece justo cuando más necesitas confiar.
El coaching no pretende hacer desaparecer esa voz. Pretende ayudar al atleta a decidir qué voz quiere escuchar.
Pasados los cinco minutos, el disparo sonó y la carrera comenzó. El atleta salió.
No habían desaparecido los nervios. Tampoco el miedo. No tenía ninguna garantía de ganar. Pero ahora tenía algo diferente.
Tenía claridad. Sabía dónde poner su atención. Sabía qué quería lograr. Y, sobre todo, sabía que si algo no salía como esperaba, todavía tendría una siguiente acción.
Porque tal vez el verdadero objetivo del coaching deportivo no sea conseguir que un atleta rinda por encima de sus posibilidades. Tal vez sea ayudarle a dejar de estar por debajo de ellas cuando más importa.
Y entonces queda una pregunta:
¿Quién es hoy tu rival más difícil: la persona que tienes a tu lado compitiendo o la voz que llevas dentro de ti?
Compartir:
Sobre el autor
Nacho Martín
CEO y fundador de Whoop Coaching y Consulting.
Life Coach | Coach ejecutivo | Coach de Equipos y sistemas.
Mentor y desarrollador de líderes.
Experto en Banca y finanzas | Transformación digital | Experiencia global.