Coaching deportivo: el poder de descubrir tus propias respuestas
En 1971, un joven profesor de tenis llamado Timothy Gallwey estaba dando una clase cuando ocurrió algo que cambiaría para siempre su manera de entender el aprendizaje.
Uno de sus alumnos tenía dificultades con el revés. Gallwey había probado las instrucciones habituales: cómo colocar el cuerpo, dónde poner la raqueta, qué movimiento debía hacer…
Pero aquel día decidió dejar de intervenir. Y sucedió algo extraño. El jugador comenzó a mejorar por sí mismo.
Gallwey empezó entonces a hacerse una pregunta que cambiaría su forma de enseñar: ¿Y si estuviera más comprometido con que el jugador aprendiera que con ser yo quien le enseñara?
De aquella experiencia nació su libro The Inner Game of Tennis, publicado en 1974, con una nueva manera de entender el aprendizaje y el rendimiento.
Gallwey descubrió que, cuando el jugador prestaba atención a lo que realmente estaba haciendo, podía empezar a descubrir por sí mismo aquello que necesitaba cambiar.
Había aparecido una idea poderosa: quizá aprender no consista siempre en recibir más instrucciones, sino en aumentar nuestra capacidad para observar, descubrir y decidir.
Aquella mirada se convertiría en una de las grandes influencias del coaching moderno.
1. ¿Qué es realmente el coaching deportivo?
El coaching deportivo es un proceso de acompañamiento mediante el cual el coach ayuda al deportista a tomar conciencia de dónde está, clarificar qué quiere conseguir, explorar nuevas posibilidades y convertir sus propias decisiones en acciones, asumiendo la responsabilidad de su proceso.
No se trata de decirle al atleta qué tiene que hacer. Se trata de ayudarle a descubrir qué quiere hacer, por qué quiere hacerlo y qué está dispuesto a hacer para conseguirlo.
El coach acompaña. Escucha. Observa. Pregunta. Desafía. Utiliza metáforas. Devuelve al deportista aquello que quizá no está viendo.
El coach no vive la competición por él. No decide por él. No puede entrenar por él. Porque el objetivo último no es que el deportista dependa de su coach para encontrar respuestas.
Es conseguir que aprenda a encontrarlas por sí mismo. Y aquí aparece una de las grandes aportaciones del coaching deportivo: transformar al atleta de receptor de respuestas en protagonista de sus decisiones.
El proceso podría resumirse en una secuencia sencilla:
Conciencia → opciones → decisión → acción → aprendizaje → responsabilidad.
El coach no desaparece en ese proceso. Al contrario. Está muy presente. Pero su presencia no consiste en llenar los silencios con respuestas. Consiste en crear las condiciones para que el deportista pueda encontrar las suyas.
2. Entrenador, psicólogo deportivo y coach: tres miradas diferentes
Estas tres figuras no están enfrentadas. Pueden complementarse, pero su función no es la misma.
El entrenador enseña el deporte. Trabaja sobre la teoría, la técnica, la táctica, la preparación física, la estrategia y la ejecución. Puede observar al atleta y decirle qué está haciendo mal, cómo puede corregirlo y qué debe entrenar para mejorar.
Si un tenista necesita modificar su golpe de derecha, el entrenador puede mostrarle cómo hacerlo. Si un corredor necesita cambiar su estrategia de carrera, el entrenador puede diseñar y proponer un trabajo específico. Su conocimiento experto forma parte esencial de su función.
El psicólogo deportivo trabaja sobre la dimensión psicológica del deportista. Puede intervenir para optimizar procesos relacionados con el rendimiento, como la concentración, la gestión de la presión, la confianza o la preparación psicológica. Pero su papel va más allá.
Cuando existe una dificultad psicológica que requiere una intervención profesional —por ejemplo, ansiedad intensa y persistente ante la competición, bloqueos importantes, miedo que impide competir, problemas relevantes de regulación emocional o dificultades psicológicas asociadas a una lesión— el psicólogo deportivo es el profesional adecuado.
No todo nerviosismo antes de competir es un problema psicológico. No toda duda necesita tratamiento. No toda pérdida de confianza requiere una intervención clínica. Pero cuando existe una dificultad psicológica significativa que requiere intervención profesional, ese ya no es el espacio del coaching, sino el de la Psicología.
El coach deportivo trabaja sobre el potencial y el proceso de cambio del deportista. Acompaña al atleta para que clarifique qué quiere conseguir, tome conciencia de dónde está, explore posibilidades, identifique recursos, tome decisiones y se responsabilice de las acciones que decide emprender.
Por eso podríamos resumirlo de la siguiente forma. El entrenador puede enseñarte cómo mejorar tu técnica. El psicólogo puede ayudarte cuando existe una dificultad psicológica que necesita ser abordada. El coach puede ayudarte a descubrir qué quieres conseguir y qué decisiones necesitas tomar para avanzar.
Tres profesionales. Tres miradas. Y, en muchas ocasiones, un mismo protagonista: el deportista.
3. Cuando una pregunta puede cambiar una respuesta
Imaginemos a un atleta que quiere mejorar su rendimiento en los últimos metros de una carrera.
El entrenador podría decirle:
—Tienes que controlar mejor el ritmo.
El coach puede empezar de otra manera.
—¿Qué ocurre en los últimos metros de tus mejores carreras?
—Mantengo el ritmo. —responde el deportista.
—¿Y qué haces diferente?
—No intento acelerar demasiado pronto.
—¿Qué ocurre cuando aceleras antes?
—Me vacío.
—¿Qué estás intentando conseguir cuando lo haces?
—Tengo miedo de que los demás se escapen.
—¿Qué otra posibilidad tienes?
El atleta piensa.
—Confiar en mi estrategia y esperar mi momento.
—¿Cómo sabrás que estás preparado para cambiar el ritmo?
—Voy a definir antes de la carrera qué señales voy a observar.
—¿Qué vas a hacer en tu próximo entrenamiento?
—Probarlo.
La conversación ha durado unos minutos. El coach no le ha explicado cómo correr. No le ha diseñado un entrenamiento. No le ha dicho cuál era la solución.
Pero el atleta ha descubierto algo. Ha tomado conciencia. Ha encontrado una alternativa. Ha tomado una decisión. Y ahora tiene una acción de la que se siente responsable. Eso es coaching.
Y quizá ahí reside buena parte de su poder. Las preguntas abren puertas que las respuestas pueden cerrar
Cuando alguien nos dice lo que tenemos que hacer, podemos obedecer. Incluso podemos hacerlo bien. Pero cuando somos nosotros quienes descubrimos qué queremos hacer, qué posibilidades tenemos y qué decisión vamos a tomar, algo cambia.
Aparece el compromiso. Aparece la responsabilidad. Y también aparece el aprendizaje. Por eso las preguntas poderosas no buscan llenar la cabeza del deportista con más respuestas. Buscan abrir espacio para que aparezcan respuestas que todavía no estaba viendo. Y una metáfora puede hacer lo mismo.
—Si tu competición fuera un viaje, ¿en qué momento del camino estás?
—Si tu rival fuera un espejo, ¿qué te estaría mostrando?
—Si tu miedo pudiera hablarte antes de la prueba, ¿de qué te estaría intentando proteger?
No son preguntas para encontrar una respuesta correcta. Son preguntas para mirar desde otro lugar.
Porque a veces no necesitamos más información. Necesitamos una mirada diferente sobre aquello que ya sabemos.
4. Del “tengo que hacerlo” al “he decidido hacerlo”
Quizá esta sea una de las grandes diferencias entre recibir instrucciones y vivir un proceso de coaching. «Tengo que hacerlo» coloca la responsabilidad fuera. Mientras que «He decidido hacerlo» la devuelve a uno mismo.
El atleta puede seguir el consejo de su entrenador. Puede trabajar con un psicólogo para abordar una dificultad psicológica. Y puede trabajar con un coach para explorar qué quiere conseguir, qué le está limitando, qué alternativas tiene y qué decisiones está dispuesto a tomar.
No son caminos excluyentes. De hecho, pueden ser extraordinariamente complementarios. Porque el atleta necesita conocimientos técnicos. Puede necesitar apoyo psicológico. Y también puede necesitar un espacio donde nadie le diga cuál es la respuesta, sino que le ayude a descubrirla.
5. El verdadero objetivo
El coaching deportivo no consiste en conseguir que el atleta haga exactamente lo que el coach considera correcto. Consiste en acompañarlo para que sea capaz de conocerse mejor, decidir mejor y actuar con mayor responsabilidad.
Porque un atleta que depende permanentemente de las instrucciones puede ejecutar muy bien. Pero un atleta que aprende a observar, pensar, decidir y responsabilizarse puede llevar consigo algo mucho más valioso: la capacidad de seguir aprendiendo incluso cuando el coach ya no está a su lado.
Quizá por eso aquella intuición de Gallwey siga teniendo tanta fuerza décadas después: ¿Estamos más comprometidos con enseñar al deportista o con conseguir que el deportista aprenda?
Porque un buen coach no conduce al atleta hacia una respuesta que él ya conoce. Camina a su lado mientras el atleta descubre la respuesta que necesita.
Y cuando esa respuesta se convierte en una decisión propia, deja de ser solamente una respuesta. Se convierte en responsabilidad. Y ahí comienza el verdadero cambio.
Compartir:
Sobre el autor
Nacho Martín
CEO y fundador de Whoop Coaching y Consulting.
Life Coach | Coach ejecutivo | Coach de Equipos y sistemas.
Mentor y desarrollador de líderes.
Experto en Banca y finanzas | Transformación digital | Experiencia global.